Ciudad del DeportePandemia: ¿Tiempo de reflexión y de búsqueda de sentido?

Abril 30, 20200
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#ViñaQuédateEnCasa

La situación de pandemia nos genera temor. El riesgo de que nos infectemos –y de eventualmente morir o de que enferme y muera un ser querido– nos preocupa también. El cambio en hábitos y de la forma de organizar la cotidianidad nos desafía y demanda esfuerzos para adaptarnos. La incertidumbre respecto de cuánto tiempo persistirá la necesidad de mayor aislamiento y menor movilidad, y qué efectividad tendrán las medidas que cada uno adopta, genera inseguridad.

También se nos plantean dudas sobre cambios en el mediano y largo plazo: a nivel político –si es que se tomarán medidas más autoritarias– o si deberemos aceptar una mayor dependencia del bigdata, ya que compartiendo más datos personales se podrían tomar medidas a nivel central con más información. Esto último lo han alertado recientemente el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, el historiador israelí Yuval Noah Harari y otros.

Tenemos dudas también de los cambios a nivel económico individual y colectivo, inseguridad respecto del trabajo y cuestionamientos sobre un eventual cambio en la forma de relacionarnos con los bienes de consumo y con el deseo competitivo de tener cada vez más.

Tenemos incertidumbre –hacia el mediano y largo plazo– de cómo será el funcionamiento social general y de las relaciones interpersonales en particular. Nos vemos enfrentados, además, a un cambio drástico, repentino y probablemente poco reversible dado por una mayor tecnologización en empresas, en el trabajo individual (robótica, automatización e inteligencia artificial) y por el aumento de las relaciones sociales a través de internet.

Además, estamos enfrentados a un exceso de información, lo que facilita la duda respecto de qué es lo real y qué no, donde se puede manipular masivamente e influenciar intereses, deseos, miedos y consumos (como ha descrito Yuval Noah Harari). Una avalancha de información e incontables posibilidades frente a la pantalla, que facilitan un pensamiento divergente, pero que dificultan el análisis convergente y la posibilidad de hacer una síntesis de todo lo que nos inunda.

Además, esta crisis llega en un momento en que nos estábamos acostumbrando a que todo resultara como esperábamos, a no encontrar oposición y a buscar la eficiencia permanente. Una sociedad, como dice Byung-Chul Han, que espera la permanente aprobación y no ve al otro como distinto, porque espera que sea igual en una cultura del “me gusta”. Es en estos momentos que aparece una oportunidad de cuestionamiento.

Todo esto trae preguntas dentro de cada persona, familia, comunidad educativa, red social, gobierno y en cada dualidad ser vivo/nicho ecológico –como diría el biólogo Humberto Maturana– respecto de qué queremos conservar de lo que estamos experimentando ahora: qué queremos conservar de la forma en que nos relacionamos, qué queremos que prevalezca o persista en las futuras generaciones. Qué queremos conservar de nuestro vivir, de nuestra forma de amar y de entregarnos al otro, y si queremos colaborar entre todos por acercarnos a la felicidad.

Todo vivenciar y toda experiencia invita a reflexionar. En especial esta pandemia, vivida colectivamente, facilita que lleguemos a un estado de reflexión, aunque no lo asegura. Es posible que nos dejemos llevar por seguir funcionando como estábamos, sin adaptarnos constructivamente: hacer todo por rendir, exprimirnos y reconvertirnos a toda velocidad a un trabajo online u otro.

Usando palabras de Byung Chul Han, podemos seguir autoexplotándonos, porque ya no necesitamos un explotador externo. Somos nosotros mismos los que nos autoexigimos, potenciando la sociedad del cansancio, siendo un eslabón más de la máquina productiva del llamado progreso (como ha denunciado también el profesor de Filosofía chileno, Gastón Soublette) y siguiendo la inercia en pro del consumismo que nos va haciendo perder el sentido. Podemos pasar por alto esta oportunidad de cambiar. Evolucionar hacia el privilegio de la robótica y de lo virtual sin saber cómo seguirá con ello el actuar consciente autónomo y la intencionalidad reflexiva. Dejarnos llevar por el miedo y seguir desconectados de nuestra esencia viviendo de la apariencia (como ha explicado muy bien Claudio Mendez, médico chileno experto en Sintergética). Podemos no preguntarnos por el sentido que le queremos dar a todo esto y no reflexionar. Podemos desaprovechar esta oportunidad.

Así, en el interior de cada comunidad, la invitación es a reflexionar, a conectar con esa esencia espiritual amorosa que todos tenemos. A que en especial en nuestras familias, nos planteemos qué sentido le queremos dar a nuestras vidas y a lo que estamos experimentando como individuos, familias, gobiernos, humanidad y biósfera en la relación con la naturaleza en su conjunto. Como dijo hace pocos días el profesor de historia y escritor norteamericano Frank M. Snowden: “La crisis puede persuadir a las personas de que se puede imaginar y crear un mundo diferente, urgentemente. Y que se pueden reimaginar nuestros vínculos de una manera que sean más saludables, más igualitarios, y también que nos puede hacer salvar el planeta”.

Reflexionemos para conectar con lo que realmente queremos y necesitamos, para mostrar con el ejemplo -especialmente a los niños y niñas- lo que queremos que se conserve. El modelo que ofrezcamos a nuestros hijos en lo cotidiano es lo que ayudará a conservar lo que más nos importa, pero para ello debemos reflexionar sobre qué es lo que nos importa realmente y actuar en coherencia con ello.

Ahora que estamos más tiempo en casa, cuidemos nuestras relaciones, escuchémonos, mirémonos, aceptemos al otro en sus diferencias, conectémonos con la sabiduría intrínseca que tenemos, vinculada con la naturaleza que nos sustenta, como un conocimiento experiencial recogido, por ejemplo, en el Tao Te Ching, de Lao Tse, hace más de 7000 años y en la sabiduría de la cultura mapuche.

Démonos tiempo para conocernos a nosotros mismos, como ya lo recomendaban en la antigua Grecia y en la espiritualidad budista. Reconozcamos al otro como distinto, como un legítimo otro (destaco aquí al mensaje del filósofo lituano Emanuel Lévinas en su libro “El tiempo y el otro”, 1979) y seamos conscientes de nuestras emociones para no dejarnos controlar por ellas, encausémoslas.

Esto es lo que como psiquiatras infantiles y de adolescentes de Clínica Alemana hemos querido destacar con varios minivideos sobre distintos temas a tomar en cuenta en este periodo. Reflexionemos sobre cómo vivimos nuestras propias angustias, cómo acogemos las del otro, cómo actuamos frente a un conflicto, cómo toleramos la rabia del otro y cómo nos ayudamos a manejar nuestra irritabilidad, incertidumbres o inseguridades, cómo evitamos la violencia y nos respetamos como pareja, como padres y como hermanos.

Reflexionemos también sobre cuánto tiempo estamos frente a una pantalla y cuánto dedicamos a jugar y reír con el que tenemos al lado. ¿Cuánto pienso en mí mismo y cuánto en el otro?, ¿valoro la vida de los de mayor edad?, ¿respeto la forma de pensar de mis vecinos y compañeros de trabajo?, ¿paso pensando en lo que los demás deben cambiar o en cómo cambiar y mejorar yo mismo?, ¿cómo actúo frente al que sufre? Podemos hacernos estas y muchas otras preguntas. Se las harán solo algunos o se las harán muchos.

La pandemia y el coronavirus no son garantía de que nos hagamos estas preguntas. Ni siquiera la muerte de muchos es garantía de un cambio hacia recuperar la solidaridad, la vida en comunidad o lograr una conexión con nuestro espíritu. Tampoco de que nos conectemos y actuemos en forma más consecuente con el sentido, de que los países colaborarán entre sí o de que organizaremos la sociedad de una forma más equitativa. Pero sí es una invitación que esperamos que la mayor cantidad de personas asuma. De cada uno depende que opte por reflexionar. De cada uno depende que al comenzar a salir de las casas no siga todo tal como estaba. Regalémonos esta oportunidad.

Fuente: Clínica Alemana

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